Un Accidente
Escribe Pepita:
Aquella tarde el calor atravesaba las paredes. Dentro
sólo estábamos yo y la señora Eladia. El sudor se escurría del pañuelo que
cubría mi cabeza hacia mis sienes y debajo de la ropa. Me mantenía de pie a su
lado, mientras ella tejía a ganchillo la mantilla que vestiría en el funeral de
su hija que agonizaba desde hace meses en la ciudad. Desde hace más de una
década era yo la acompañante de la señora, había caído enferma y me habían
encomendado servirle de compañía, sólo compañía. Doña Eladia era una mujer de
un carácter fuerte, dura y aguda como las espadas de su difunto padre que
colgaban en la vieja biblioteca. Incluso al tejer finamente podía percibirse en
ella el aroma del rancio abolengo, terco y dominante. Algunas veces la veía confundirse con los puntos del
tejido, entonces le acercaba la lámpara para encontrarme con su mirada llena de
insulto e indignada desaprobación; no consentía que una simple campesina como
yo, la situara en una posición de necesidad o desvalimiento, aunque jamás fuera
esa mi intención.
Desde que cayó enferma era yo quien debía llevarle los
alimentos, preparar sus vestidos, peinar su cabello y acompañarla durante el
día. Yo era su esclava personal, así me presentaba a sus amistades. Para todo
destilaba un escrúpulo humillante, su condición enferma debía ser olvidada por
quienes la servíamos y si en algún instante llegábamos a compadecerla, no
dudaba en reafirmar su posición frente a la nuestra con un castigo severo.
Estábamos casi a oscuras, todas las ventanas cerradas en
un vano intento de aislamiento. Se levantó del sillón con dificultad e hizo un
ademán señalando el cuarto de baño. Yo como siempre me situé a su lado por si
en algún momento necesitaba afianzarse en algo además del fuerte bastón. Se
detuvo en el pasillo antes de llegar, quiso entrar en la habitación. Era una
estancia de techos muy altos de vigas de madera, un poco más fresco que el
salón. En la mitad reposaba la cama y frente a esta, un precioso tocador, con
un gran espejo en el centro. Nunca llegué a saber qué buscaba en ese momento,
todo sucedió muy rápido. Se acercó a la
silla del tocador, una especie de taburete alto, con altos alfiles en cada
esquina, y pesadas patas de hierro. Se iba a sentar cuando pareció perder un
poco el equilibrio, y calló con mala suerte, estacada, empalada en una de las
vigas apuntadas del asiento. Su cara se transformó y me miró con una mezcla de
odio y súplica mientras lágrimas caían por sus arrugadas mejillas. Fue en ese
momento cuando algo cambio. Por primera vez la oí suplicar, su cara estaba
roja, parecía sentir más vergüenza que dolor. Mi primera reacción fue sonreír
ante su gesto hasta que comenzó a
gritar implorando ayuda. Como pude metí mis brazos bajo los suyos y apoyé un
pie en la butaca. La levanté y la acosté en la cama.
A partir de esa tarde, la mirada de Doña Eladia se tiñó
de algo parecido a la mansedumbre, una especie de humillación avergonzada.
Nadie, fuera de mí y el doctor, supo lo que había sucedido. Tal vez sea por eso
que en el funcionamiento de la casa siguió como siempre. Ningún otro empleado
alcanzó mi posición, desde ese momento en adelante algo en nuestras miradas
cambió de lugar.
